Sinopsis
La concepción del tiempo en la filosofía griega preconizaba un «eterno retorno», en el que los ciclos de cada estación se repetían de forma mecánica.
Al pensar en iniciar una nueva cuaresma podríamos caer en la tentación de considerar que estamos ante una repetición mecánica temporal, que se produce cada año.
Sin embargo, el concepto del tiempo en la teología judeocristiana es lineal, tiene un origen y un final, y entre ambos se va produciendo un itinerario, y con él un proceso por dentro y por fuera de aquel que lo vive.
Cada Cuaresma se nos entrega un nuevo reloj lleno de tiempo, de días, horas, minutos y segundos del que somos responsables. Que lo aprovechemos o lo dilapidemos depende sólo denosotros. La vida es un regalo, pero también es una responsabilidad: «El que no quiso cuando pudo, no podrá cuando quiera».
La Cuaresma no es solo un tiempo en sentido del cronos, y por tanto del paso del tiempo cuantitativamente, sino un tiempo en el sentido del kairós, una nueva oportunidad de gracia, una invitación a volver al corazón.
En medio del ruido, las prisas y las distracciones que nos rodean se nos proponen cuarenta días para detenernos, mirar hacia adentro y escuchar la voz de Dios que habla en lo más profundo.