Sinopsis
Hubo un tiempo en que se creyó que la caída del Muro de Berlín daba paso a una nueva era, pero lo que se extendió durante las casi tres décadas siguientes fue la «contemporaneidad tardía»: un nuevo reparto de cartas, pero la misma partida, con los ganadores y los perdedores de siempre. 2020 constituye verdaderamente el umbral de una nueva era. La pandemia fue una experiencia global y total, nuestra hecatombe, nuestro estado de excepción, nuestra posguerra, la memoria traumática de la que todos los coetáneos tienen vivencia. Desde entonces, se palpa en el aire la sensación de que la historia ha dejado de avanzar: se rumia. No hay una sola idea en el horizonte (autoritarismo, racismo, colonialismo, genocidio) que no sea una regurgitación de otros tiempos. Agonizante la razón y ocluida la salida a cualquier mañana que no se perciba como amenaza, el tiempo carece de una flecha de progreso o una espiral revolucionaria: el presente se mueve en una cinta de Moebius. Movimiento sin sentido y sin cambio, sin avance ni ruptura: solo un eterno y desesperante retorno.
Para conocer las claves de lo que ocurre sería preciso apelar a la capacidad analítica y al conocimiento del presente. Pero este es un agujero negro que el sistema educativo se muestra incapaz de rellenar. A un conocimiento superficial, cuando no meramente inexistente, del pasado reciente de la sociedad que los interpela a la ciudadanía se le suma el impacto de los canales de desinformación, la exaltación del individualismo y la pulsión reaccionaria; y el resultado es que viajamos a la deriva por un mundo sin referencias. Todo lo que era cierto, verídico o razonable se ha perdido como lágrimas en la lluvia. Vuelven los mapas con extensas áreas incógnitas y espacios en blanco que rezan: «Hic sunt dracones».