Sinopsis
Las niñas de la pintora Sofonisba Anguissola juegan al ajedrez, activas y curiosas. No se pintaban niñas jugando al ajedrez en esa época. Esas niñas estaban volando el tablero.
Erich Auerbach escribió Mímesis con su biblioteca mental. Había dejado su biblioteca física atrás, escapando de los nazis. Una biblioteca mental es una partida de ajedrez desconcertante: siempre es impura, nada puede ser leído en forma aislada, ningún sistema de clasificación es neutral, las combinaciones son inagotables. Existe para William Marx una “materia oscura” que debiera expandir nuestras bibliotecas mentales. Son todas aquellas obras “invisibles” ausentes en los catálogos, porque se perdieron, porque han llegado a nosotros en forma fragmentaria, porque fueron transformadas, porque no se escribieron jamás o fueron arrojadas al olvido. No se trata de leer más libros sino de ir de la “literatura global” a una “biblioteca mental del mundo”, armados de métodos de visibilización interdisciplinarios como los que permitieron concluir que la mayoría de las tragedias griegas perdidas tenían finales felices o identificar las novelas perdidas del ciclo artúrico.
Para resistir la homogeneización y la insularidad, para que los textos nos desestabilicen. Para ser un lector irreverente como esas irreverentes niñas ajedrecistas pintadas por Sofonisba Anguissola, dispuestas a saltar sin red y desarticular el tablero establecido.
Esa es la propuesta de William Marx en este libro fascinante, pródigo en reflexiones y ejemplos de distintas épocas y disciplinas, tan inclasificable como una niña ajedrecista, con su vestidito recamado y su diadema en el pelo, concentrada en su juego en un jardín de encanto.